APUNTES SOBRE GRAHAM GREEN (2024)

Primavera-verano de 2024

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La grandeza de la novela de Graham Green “El final del affaire” (1951) nada tiene que ver con tesis, discusiones teológicas o crisis existenciales, muy del gusto de la época en que se publicó la obra. Hay que buscarlo en la única cuestión omnipresente en el discurso del propio narrador encerrado en la subjetividad de sus pensamientos: no un sentimiento sino un desconocimiento. El desconocimiento del ser amado. La novela de Green puede leerse como el informe de un hombre enamorado que desconoce por completo el objeto amado, la historia de un puro egoísmo. La omnipresente correlación del amante, la amada y un Dios innominado en una suerte de triángulo amoroso anómalo juega la carta del despiste. La novela no intenta mostrar que el amor humano es una imagen muy limitada del amor a Dios. La novela no moraliza los comportamientos humanos. La novela no decide emitir un veredicto categórico sobre el bien y el mal. La novela tan sólo se hace cargo de mostrar cómo los sentimientos acercan o alejan a los hombres de su propia verdad. Que la novela sea en cierto modo una crítica muy severa del tipo de subjetividad que domina la sociedad contemporánea, de eso no hay duda. Lo ridículo de la conducta celosa del narrador es una buena muestra de ello. Su total desconocimiento de la subjetividad de la mujer amada es en el fondo la pequeña tragedia romántica de esta novela.

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En los momentos culminantes en la narración de casi todas las novelas de Graham Greene se percibe con claridad la lectura muy meditada de la obra de Dostoyevski. Sus escenas más logradas siempre plantean la misma situación: dos personajes completamente disímiles, enfrentados en la traición, los celos o el odio, encuentran un punto de reconocimiento y reconciliación. En Dostoyevski la escena escandalosa y multitudinaria sirve como trasfondo de esta revelación. En las novelas de Graham Greene es la soledad de la noche compartida, como en el encuentro de los dos amantes de la protagonista de El idiota, que sería el arquetipo técnico de Greene, lo que sirve de escenario de la autorrevelacion de los contrarios solidarizados en la raíz común de su humanidad elemental más allá de las convenciones. El más inglés de los novelistas del siglo XX es también con toda seguridad el más dostoievskiano. Si este criterio de interpretación de sus novelas pasa desapercibido, sus novelas pierden toda su intensidad dramática e ideológica. Otra concomitancia no menor con la obra de Dostoievski es la subordinación de la narración a la estructura dialógica, es decir, la técnica mediante la cual el narrador tiende a ausentarse ante la palabra de los personajes, que se construyen a sí mismos como personalidades autónomas, independientes de la voz del narrador. 

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El gran tema del primer Graham Greene parece ser la prueba del valor de sí mismo, el reconocimiento de sí mismo. Todas las intrigas en las que se ven envueltos sus personajes son experiencias en las que éstos se plantean una misma cuestión: Soy el que creo que soy? Estoy a la altura de la imagen de mí mismo que he llegado a formarme? La respuesta queda abierta y cada lector debe decidir adjudicar al personaje el éxito o el fracaso a propósito de la respuesta a esta pregunta. En este sentido, el autor concede una libertad de interpretación a los lectores muy poco común y frecuente en la literatura contemporánea. Otra nueva concomitancia con los personajes de Dostoyevski.

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Graham Greene o el alter ego de Milán Kundera en Occidente. O bien Milan Kundera en el Este o su alter ego Graham Greene en Occidente como máximos exponentes de la literatura durante el periodo de la llamada “Guerra fría” (1945-1989). Toda verdad en un plano superior de verdad resulta fácilmente intercambiable. Toda situación vital, bajo las condiciones modernas de vida, es intercambiable. Si se lee en paralelo a estos dos novelistas, uno encontrará cosas sorprendentes que no esperaría hallar en lecturas tan disímiles. La aberración monstruosa de lo político como factor condicionante de la vida contemporánea parece ser el factor unificante de tan sorprendente unidad de los extremos. La insignificancia del hombre comienza cuando se concibe a sí mismo como partícipe de una entidad superior a su individualidad. Greene y Kundera son stirnerianos ontológicos sin saber que lo son: sus novelas presentan a individuos sometidos a coacciones estructurales, de las que apenas son conscientes, pero de las que intentan escapar torpemente. Son stirnerianos porque saben, en lo más profundo de su ser, incluso en la plena comprensión de la mediocridad de su ser, que ellos son infinitamente mejores que las estructuras históricas idealizadoras que los aplastan y destruyen. Y si su obra sobrevive, entre otras  razones, tal vez lo hará en función de esta extraña referencia mayor. 

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La vida era más profunda y bella cuando el hombre estaba sometido a la fuerza mayor de una dialéctica entre el pecado y la gracia, cuando se podía imaginar que en cada acto insignificante se ocultaba una lucha decisiva entre la salvación y la condenación eternas. No se entiende la tensión narrativa de las primeras novelas de Graham Greene sin atender a lo que en ellas hay de discusión implícita sobre un planteamiento teológico de lo que hoy ya se ha vulgarizado hasta la náusea bajo categorías banalmente psicológicas. En el primer caso uno se juega un sentido de la vida hasta la muerte, que puede inspirar historias de valor universal; en el otro, uno lee manuales de autoayuda vendidos a precio de saldo en grandes superficies comerciales para evitar un suicidio terapéutico, recomendado y financiado por el Estado. Las novelas de su etapa madura no sólo no desmienten este planteamiento ideológico sino que lo refuerzan aún más, sobre todo a partir de “El americano tranquilo”, “Los comediantes” y “El cónsul honorario” hasta llegar a “El factor humano”. Pero toda esta decisiva concepción del hombre, de las relaciones humanas, de la sociedad contemporánea está ya prediseñada y actúa de manera omnipresente en la trama y los personajes de su primer gran éxito, “El tren de Estambul” (1932), antes que en “El poder y la gloria” (1938). En ambos casos, la muerte sacrificial, absurda, de un inocente es la clave interpretativa del sentido de la Historia.

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Se puede hacer una interpretación cristológica o cristoevangélica, en términos católicos, de las mejores novelas de Graham Greene, dada la abundancia de escenas clave, algunas de las más profundas de la novelística contemporánea, que plantean la complementariedad de los opuestos morales. La Historia como trasfondo es la pura mundanidad del hombre pecador. Todos los personajes, dado este supuesto de la pecaminosidad de lo mundano, son pecadores por acción u omisión o por ambas actitudes a la vez. El acontecer, la brutal facticidad de la Historia como violencia hecha constantemente contra la verdad del hombre como destinatario de la Gracia, es la ocasión para poner en obra la fe, dado que para el católico no basta para salvarse con la doctrina protestante de la “sola fides”, el puro acto subjetivo de la autoconfirmación para demostrar su fe. Hay que demostrarla en las obras mundanas que niegan la mundanidad del mundo corrompido. Ahora bien, he ahí la ambigüedad del catolicismo: la institución eclesiástica católica puede perdonar los pecados en la confesión y en el acto de contrición. Pero, evidentemente, esto no les basta a los personajes de Graham Greene, que han pasado por la experiencia del nihilismo sin saberlo y de hecho son una de las encarnaciones vivas más puras del nihilismo inconsciente de sí mismo en la novelística del siglo XX.

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Las novelas de Graham Greene centradas en argumentos y temas del subgénero de espionaje parecen hacerse esta pregunta: qué lleva a un hombre a convertirse en agente secreto, en funcionario de los servicios de inteligencia? Las respuestas se pueden encontrar en algunas de las más conocidas obras de toda su trayectoria. En la primera de ellas, “El agente confidencial”, el personaje protagonista, nombrado “D”, es un agente al servicio del Gobierno de la República española durante la guerra civil. Su móvil no es tanto la ideología política como el deseo de venganza por la muerte de su esposa a manos de los militares sublevados. En “Nuestro hombre en La Habana”, el protagonista un simple vendedor de utensilios domésticos como aspiradoras, se convierte en un falso agente del servicio de inteligencia redactando informes falsos e inventando contactos e informantes falsos, incluso llegando a inventar falsos planos de falsas y sofisticadas instalaciones militares. Su móvil es ganar algún dinero extra para poder enviar a su hija adolescente a un colegio suizo. En “El factor humano”, el agente doble pasa a convertirse en traidor por una motivación igualmente afectiva: su experiencia en la Sudáfrica del “apartheid”, su enamoramiento de una mujer negra y el agradecimiento por la salvación de ésta por un intelectual comunista le lleva a colaborar con los soviéticos por puro sentido del agradecimiento por el hecho de que un comunista que lucha contra el “apartheid” sudafricano salvara a la mujer amada. En todos los casos el “humus” vital de los personajes es el aislamiento, su extrañamiento completo del mundo, su desarraigo, la búsqueda de un sentido sustitutivo de una fe o una confianza perdidas, la demostración ante sí mismos de que son más nobles de lo que su flaca autoestima les lleva a pensar. En todos los casos, un individuo impotente, cercado por poderes invisibles, por azares y circunstancias arbitrarias y estúpidas, por todo lo que constituye la bruta contingencia de la existencia contemporánea, intenta sin saberlo mostrarse a sí mismo que la verdad de sí mismo no puede estar delimitada y reducida a todo lo que lo determina, que hay un mínimo margen de libertad en el que él mismo, a riesgo de su vida, puede decidir algo propio, y no porque busque la realización de un ideal en el que no cree, sino, mucho más elementalmente, porque tal decisión es la única prueba de su verdad como hombre.

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Puede que esta idea no sea ortodoxa, puede que no tenga nada que ver con el cristianismo ni con ninguna de las ideologías contemporáneas, simples versiones empobrecidas del propio cristianismo puestas al nivel de las masas resentidas o satisfechas. Lo que las novelas de Graham Greene finalmente parecen dejar entrever es este extraño principio: el hombre, mediante cualquier mínimo acto de bondad, de caridad, de entrega a los demás, de sacrificio, es ya, sólo por eso, un agente de la realización de Dios en el mundo. Lo que da testimonio de Dios es la mínima parte de lo que el hombre hace en una elección entre un bien y un mal relativos en un momento dado. La mayor parte no elige, se mantiene neutral y pasiva. Los pocos que eligen, por insignificantes que sean sus elecciones en el gran balance del mundo, se califican como héroes o santos, pese a que en el mundo sean nada más que seres comunes de una vulgaridad exasperante. Pero en un momento dado eligieron conscientemente lo mejor entre dos males mayores y acertaron en su elección sin esperar ni creer en su salvación o condena, porque ya no creían en nada. Y pese a todo eligieron. El Dios de Graham Greene sólo cobra sentido en este estrecho margen, no contemplado por los estatutos e instituciones de ninguna rama sectaria del cristianismo. Es decir, que el sentido teológico de las obras de este autor, si se le puede atribuir alguno, es el sentido de un genuino “gnosticismo” absolutamente inesperado. Sin esta clave no creo que puedan llegar a entenderse sus mejores novelas. Los protagonistas de sus novelas lo son porque se llegan a convertir en los únicos personajes capaces de experimentar un conocimiento de sí mismos que los salva de los límites de su mundo, aunque estén sometidos como los demás a la mundanidad del error y la errancia.

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En un mundo dominado por el nihilismo, el bien y el mal existen, pero resultan irreconocibles, indiscernibles, porque ninguna autoridad, ninguna creencia o fe, ningún sistema ideológico, ningún criterio de valor permite distinguirlos. Los protagonistas de las novelas de Graham Greene se mueven en esta atmósfera envolvente de un nihilismo epocal ya realizado. Si llegan a distinguirse, a singularizarse, inmersos en esta repulsiva miasma de cinismo, crimen y corrupción, lo hacen sólo porque, en un momento problemático de sus vidas, eligieron no ser como los demás. No volverse cínicos, criminales o corruptos, los salva de un mundo en que ellos mismos se saben islotes en un océano inmenso, ilocalizables, inidentificables y condenados de por vida al aislamiento, la ocultación o la asimilación, como le sucede al protagonista de “El factor humano” (1978). Que la condición humana sólo pueda concebirse en los términos de la vida de un agente doble, dice la verdad de nuestro mundo. Todos somos agentes dobles en la era del nihilismo realizado: sabemos que existe un sentido que delimita y jerarquiza los valores, las conductas y los pensamientos, pero vivimos como si no existiera tal sentido. Porque la peor ofensa dirigida a todo nihilismo es la mera suposición de que el hombre en tanto hombre, como lugar y sede del desvelamiento del ser, por ese solo hecho fáctico, no puede ser nihilista, no puede negar que él ser es y que él es quien recibe su desvelamiento. 

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