LÍRICA 2009-2010

LA IMPOSTURA DEL AMANTE (2010)

I

Cuarenta y un años ya de mi vida,

ligera o abrumada, los que mal encarados

van mirando crecer el tiempo,

expandirse el dicterio, restallar el vejamen,

escuchando los cobardes susurros

casi inarticulados contra la nada;

duro al frío, resistente al hielo,

los ojos empañados contra el viento

que llegara fuera de estación;

años que desfilan como si tuvieran prisa

por llegar a algún lugar

cuyo nombre desconozco,

pero los sé predestinados

a la emboscadura y a lo insufrible

de todos los compromisos venales…

O esas mañanas de sábado

acodado en las cafeterías mirando

a través de cristaleras los soportales

de piedra arenisca clara,

esperando en las palabras

la palabra de liberación;

buscando el vago calor en la memoria,

un calor que no delate con demasiada evidencia

alguna vieja humillación, dada o recibida,

pero no tan enconada que no merezca

la recreación artificiosa de la elegía.

Entonces, todo fue fruto tardío

o recogido demasiado pronto,

señal anulada por la anticipación de su anuncio

o significado depuesto por la redundancia

y la abstracción eviscerante del dolor;

hambre eterna que ningún deseo

pudo satisfacer, pero tampoco contrariar,

porque el hombre que escuchaba madrigales

era un estómago delicado

y lloraba, a veces sin querer,

por la belleza invisible difícil de alcanzar,

demasiado delicado

para lo inmaduro y lo insignificante,

un indecente moralista, inerme

para enfrentarse, bajo garantía de éxito,

con lo vanamente coactivo de la necesidad.

II

Cambian las caras,

permanecen las palabras,

siempre las mismas,

con un tono apagado

y claroscuros de conciencia;

un tono más apagado a medida

que la vida se desgasta

en repeticiones de sonidos

con cada vez menos sentido.

Los cuerpos se adormecen al atardecer,

pero nadie agradece que lo adormezcan

con halagos vendidos en un mercado fraudulento:

es tan fácil poseer lo que quiere dejarse poseer…

Tú habías abandonado,

como el que sabe que todo es señal incierta,

una partida perdida de antemano;

te marchaste antes de que el hastío

de la vieja representación corrompiera el impulso final,

antes de que la ficción fuera demasiado poderosa.

En un último gesto de rebelde autoconmiseración,

vencida toda resistencia, entregado a esa nada

que ningún amor puede satisfacer,

pues está hecho sólo para volver

infinita la insatisfacción,

te decías,

con la fuerza de la convicción temeraria del apostador:

no te someterás nunca a un dictamen unánime y falaz,

pero es tan fácil dejarse llevar

por quienes quieren dejarse llevar…,

arrastrándote, como el que más, por bancales yermos

tú también gritas, aúllas o te callas,

por cobardía o dolor, a escondidas

proyectas las pequeñas vilezas de un niño tímido.

Te invitan a que seas un signo

intercambiable, describible, ya clasificado:

así hay que vivir,

como si pudiera continuar

la vieja representación indefinidamente,

como si no supieras que el argumento de esta obra

era tramposo y grosero,

falto de gusto y hasta de moral.

III

Erigir realidad sobre puentes levadizos

(las fieras abajo, en el foso, tienen hambre),

sobre arenas cálidas que cambian de figura

y lugar en la tormenta nocturna;

sobre palabras mesuradas, atrevidas o adustas,

que se equivalen-, función fática

que jamás salva la distancia impenetrable

de los corazones avezados ya

a mal cobijarse en residencias secundarias,

tan destempladas como las otras…

¿Qué era desear

sino ponerse a la espalda la piedra de molino,

subir a la cima más alta del valle,

esperar el amanecer, renovar la esperanza

por el mero hecho de esperar,

pero sabiendo que el tiempo sólo se vuelve virgen

para quien ya no espera nada:

recitado de la oración marchitada en los labios,

perdiendo nuevamente la paz interior,

con los sueños que fatigan decisiones anticipadas,

con los fantasmas del deseo que arrastran

su arrogancia por su lodo,

con la impaciencia eterna del recomenzar

la declinación desde el principio…

Yo no era ese,

pero su corriente me llevaba,

y no sabía a dónde,

y no podía fingir no comprender que mis reflejos

parpadeaban en su fluir, insinuantes

en sus destellos y delirios.

Para quién de los dos, entonces,

el llanto que se vertió

en el pozo ciego de las noches

que ansiaban la luz del encuentro,

noches a cuyo silencio

el otro levantaba un monumento,

para volverla quizás presente

en el halago, en la caricia,

en el despertar de las palabras,

las únicas que nunca quisieron ser nada más,

puras contra el asedio del deseo

y la maliciosa astucia del amor.

IV

En otra primavera que quemara

hojas nuevas y aventara briznas húmedas

hubiera vivido,

acogido a la obsequiosidad de lo que no me necesita,

no allí donde he tenido que permanecer silencioso

con la mirada siempre confinada

en el exilio de la belleza y la alegría,

acodado frente a los cristales

ante los que la vida pasa envuelta en vaho de frío.

Pero queremos nuestro castigo

antes que aceptar nuestra verdad más dura.

¿Qué esperas ya?

El dolor finge a veces, pero el poema no miente.

Sabías que abril sería el mes más cruel,

mezclando memoria y deseo,

y así lo quisiste desde el comienzo.

Si esta es la misma primavera de entonces,

ahora, cuando te llega, al primer contacto

de la piel delicada y envejecida,

como una primera ilusión imprevista:

a ella, tu juventud se desnudaba,

pero no pudiste acoger al otro ser,

o siempre se demoraba en venir,

o tú ya te habías marchado,

porque tenías prisa por pasar de una cosa a otra.

Pero a veces las palomas te lo anunciaban

al posarse cerca de ti

junto a los bancos del atardecer

y su tiempo acumulado en redenciones imposibles:

no te hundas en las sombras,

no persigas el rastro del primer calor,

no desees facilidad con que satisfacer

los demasiado conocidos y vulgares

movimiento del alma,

cuando quiere abandonadamente

amar su frágil envoltura

y desatarse en la turbia fluidez

de su corriente más íntima.

Siempre, entonces como ahora,

fue más oportuno y aceptable morir un poco,

sin molestar a nadie

ni hacer ruidos parecidos

al lenguaje inarticulado del amor,

pues te enseñaron solamente

la estéril honestidad ante el dolor sin medida con nada,

y tú, por tu cuenta, aprendiste bien temprano a romper,

en la calma de las fuerzas que te agotaron,

las cerraduras herrumbrosas del resentimiento.

Pero nada fue suficiente,

siempre faltaba un recodo oculto a la vista,

un giro de sufrimiento por demás pero merecido:

obcecación y miedo,

incertidumbre y vacilación,

temeridad y desaliento,

todo demasiado bien aprendido, bien mesurado;

todo, otra vez necesario

para regresar de nuevo hasta aquí,

a esta otra vieja primavera infiel a sí misma,

como todo lo que espera una verdad

en la que ya no cree.

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